
Era un domingo del mes de agosto.

Ya estamos aquí, tras un largo y pesado viaje llegamos a Torrejón de Ardoz, bueno al circuito de karting que está a las afueras de Torrejón. Estiramos las piernas, ya que habíamos ido todo el camino sin parar. Paco y yo bajamos de la furgoneta el kart. Mientras que Fran(el piloto) se prepara, nosotros ponemos a punto el kart. Ya esta todo preparado para salir a entrenar. Fran se pone el casco y sale a pista. Al cabo de dos vueltas sale de pista no muy contento. Está enfadado porque al día siguiente es la carrera y el kart no funciona como tiene que hacerlo. Revisamos casi todos los componentes, nos damos cuenta de que la bujía no funciona bien. Cambiamos la bujía y todo va perfecto. Estamos comiendo y Fran nos dice: ¡Mira que os lo dije! esa bujía no me gustaba. Con el estómago lleno lo único que se puede hacer es dormir, pero nosotros no podemos dormir. Después de una tarde calurosa de largas pruebas al kart, nos vamos a descansar. Nos despierta Paco a las seis de la mañana, cantando "quinto levanta".Todos estamos nerviosos, son los entrenamientos libres, Fran nos dice que el kart va perfecto. Damos los últimos retoques al kart para la clasificación. Tras hacer el mejor tiempo de la parrilla, nuestro piloto Fran, hace la pole(salir en primer puesto). Estamos en la linea de meta y los motores empiezan a rugir, después de realizar una salida espectacular, Fran aguanta en primera posición durante unas interminables veinticinco vueltas. Con el banderillazo final, Fran acaba en primer puesto. En unas hora tendrá lugar la entrega de premios, todos estamos esperando ese momento tan deseado. Por fin, Fran tiene que subir a lo mas alto del podium.

“Mira que te lo tengo dicho, no vuelvas a coger nada del suelo”. Ésta fue la última frase que le dijo a su perra, cuando empezó a correr sin parar y se soltó de la correa. Era una perra grande de pelo corto, marrón claro, que tenía unos dos años, se llamaba Perla. Su dueña se llamaba Nuria, tenía diez años, el pelo rubio y los ojos verdes azulones. Nuria empezó a correr detrás de ella pero Perla corría demasiado y no la pudo alcanzar. Estaban al lado de su casa, en un jardín y a la perra ya no se la veía. Ella muy asustada y llorando se dirigió a su casa. Allí estaban sus padres y su hermanito, de cinco años. La preguntaron por Perla y ella se puso a llorar más aún y dijo que se la había escapado. Sus padres la dijeron que no pasaba nada que la buscarían entre todos. Para toda la familia Perla era muy importante porque desde que nació había estado en casa con ellos y la tenían un cariño muy especial. Los padres pusieron carteles por el barrio y se lo dijeron a la perrera municipal por si la habían visto. Pero nadie sabía nada de ella. Pasaron tres días y la niña muy triste se bajo al jardín que había cerca de su casa y de repente oyó ladrar a unos cachorritos, se quedó muy callada para ver de dónde venía el sonido. Vio que venía de unos cartones que había al lado de un árbol. Fue corriendo y allí estaba Perla con cuatro cachorros. La perra se puso muy contenta y se subió encima de Nuria. La niña estaba muy feliz y fue corriendo a decírselo a sus padres. Cogieron a Perla y a sus cuatro cachorros y se los llevaron a su casa. Allí los lavaron porque estaban sucios de la calle. Los padres veían que ella estaba muy ilusionada con los cachorros pero sabían que no se los podían quedar en casa. Así que tenían que pensar como decírselo. Pasaron los días y se lo dijeron, ella se puso muy triste porque los había cogido demasiado cariño. Buscó una forma para no separarse de ellos. Sus amigos y ella pusieron carteles de los cachorros poniendo sus fotos y el número de teléfono. Mucha gente les llamó y los niños iban a las casas para ver en qué familia les dejaban, y así asegurarse de que iban a estar bien. Todos los perritos fueron acogidos por gente del barrio. Y casi todas las tardes los perritos salían a pasear con sus dueños y se encontraban con su madre. Nuria se sintió muy orgullosa de que esos cuatro dueños pudieran disfrutar tanto como ella disfrutaba con su perrita Perla.

El conde Alejandro Kulak nació en Bohemia el año 1755, y le intentaron bautizar un día que hacía un viento siniestro. Cayeron de los árboles un número insospechado de hojas secas y la comitiva del bautizo quedó atemorizada por el presagio. Las hojas que cayeron se colocaron de tal forma que se podía leer: VENGANZA. Todos los que estaban allí se quedaron boquiabiertos. No le bautizaron a Kulak y pusieron otra fecha para bautizarle. Los padres del niño sabían que no era una casualidad que las hojas se hubieran colocado de esa forma, porque desde que nació Kulak había sido un año de misterio. La habitación de Kulak estaba al lado de la de ellos y por la noche a veces escuchaban una voz de un hombre hablando, se asustaban e iban corriendo para ver lo que había pasado, pero nada, solo se veía al niño con los ojos abiertos. Kulak tenía ocho meses, era un niño con la piel clarita, de pelo liso moreno y con los ojos negros. Nadie le llamaba Alejandro, todo el mundo le llamaba Kulak, por su apellido, al no ser muy común. En la casa en la que vivían se decía de ella muchas cosas, que estaba encantada y que allí asesinaron a un hombre los antepasados de la familia Kulak y que aquel hombre se quería vengar de esta familia por haberle matado. Se aproximaba la nueva fecha de su bautizo pero una tarde que los padres iban a salir de paseo, el niño había desaparecido. Los padres estaban desconsolados y toda la gente del pueblo intantaban ayudarles buscandole. Durante diez meses, no pararon esta búsqueda. No sólo le buscaban la gente del pueblo, sino también gente importante, porque este niño iba a ser conde. Pero nadie vió ni rastro de él. Sus padres al no aguantar la ausencia de su hijo por tantos recuerdos se marcharon de la casa y se trasladaron a una más pequeña y acogedora. Pero una mañana, los padres se sentían más destrozados que nunca porque hacía dos años de la desaparición de su pequeño. Cuando de repente se abrió la puerta y dijo un niño de unos tres años:
Ignoró la pregunta. Subimos al tercer piso. Estaba un poco mejor que los dos anteriores. Pisábamos con cuidado, no queríamos romper otra tabla del suelo. Buscamos a Fede en varias habitaciones. En una en la que había un retrete roto, otra en la que dos sillas seguían aún en pie, aunque parecían talladas en polvo, y otra en la que había un espejo, solo eso en toda la habitación. Recordaba haber oído hacía años una vieja leyenda sobre aquel espejo. Pero eso había sido hacía mucho tiempo, demasiado. Había sido en una época de mi vida muy diferente a la actual. Deseché todos esos pensamientos de mi mente. Finalmente encontramos a Fede en una espléndida terraza desde la que se veían las montañas. Nuestras siluetas, bañadas por la suave luz de las estrellas, se quedaron allí paradas, observando el infinito. No tenía barandilla, a si que no nos acercamos mucho al borde, pero acabamos allí, tumbados, buscando estrellas fugaces, persiguiendo deseos que quizá algún día conseguiríamos. Entonces Henry, me tomó de la mano. Giré la cabeza para mirarle. Y me observó con un amor tan falso, que me dio miedo. ¿Qué nos había pasado? ¿Cómo habíamos llegado hasta aquí? Entonces recordé una antigua canción que solíamos escuchar.
Pensé en Víctor. De repente, sin previo aviso su imagen vino a mi mente. Miré a Henry y recordé a Víctor. Era extraño. Se me hizo un nudo en la garganta y traté de tragar, sin conseguirlo. Sentía que, ahora que conocía a aquel misterioso chico, jamás cambiaría de opinión sobre Henry. Y eso hizo que me preguntara muchas cosas respecto a lo que sentía. Henry seguía esperando mi respuesta. No quería hacerle daño, pero sabía que era lo mejor para los dos. En ese momento entraron en la habitación Hannah y Fede, riéndose sin parar, hasta que nos vieron allí. Me acerqué a ellos y secretamente me alegré de su intromisión. El conde Alejandro Kulak nació en Bohemia en el año 1755 y fué bautizado un día que hacía un viento siniestro. Cayeron de los árboles un número insospechado de hoja secas y la comitiva del bautizo quedó atemorizada por el presagio. Todo el mundo se quedó callado unos minutos. De repente se abrieron todas las ventanas y el viento recorrió toda la sala, era un viento escalofriante. El niño estaba llorando y su madre lo cogió para calmarlo. Alejandro sonrió, el viento paró y los rayos del sol ocuparon la habitación.
Tiempo después Alejandro y sus padres iban de paseo por el pueblo y se encontraron a un señor de pelo gris y barba larga, que les miró un buen rato y les dijo con preocupación "Este niño es diferente a los demás". La madre le dijo que por qué y y el contestó "yo nunca me equivoco" Miró al niño por última vez y se fué rapido de ese lugar. Era una mañana soleada, se oían los pájaros cantar y todo estaba en calma. Los padres se quedaron un rato pensando en lo que había dicho ese hombre y se acordaron del día del bautizo pero luego no le dieron mucha importancia. Pasaron por los puestos que había a uno y otro lado de la calle y Alejandro pareció interesarse por un gato de peluche. Como no se lo compraron, empezó a llorar y llorar. Esa mañana estupenda se convirtió en una mañana fría y lluviosa.
Otro día, jugando con sus primos en el jardín de su palacio, se peleó con ellos por el columpio. Entonces hubo una gran tormenta y un rayo cayó cerca de allí quemando árboles y matando a algunos animales.
Cuando Alejandro cumplió 20 años sus padres organizaron una fiesta para la gente de los pueblos cercanos. A esa fiesta acudió una chica que a Alejandro le gustaba desde hacía tiempo. Esa noche fue a hablar con ella y le pidió que bailara con él, como ella no quiso, él se enfadó muchísimo, se puso en medo del salón y dio un fuerte grito. Entonces se apagó la luz, todo el edificio tembló, los árboles del jardín se arrancaron, empezó a llover y llover y tanto que todo aquello se hundió y poco a poco desapareció bajo el agua. Nunca se ha vuelto a saber nada del castillo ni de la gente de aquel lugar. Solo queda un señor de pelo blanco y barba larga que contaba la historia de aquel niño...





Cuando salimos de la estación, lo primero que vi fueron los montes, con las cúspides nevadas, majestuosas y enormes. Sentí una alegría intensa y desproporcionada. No sabía el porqué. Pero era exactamente un impulso alegre y magnífico. Allí estábamos esperando el taxi que debería de haber llegado hacía dos horas, empezó a nevar de una manera impresionante y allí nos quedamos helados, no podíamos mover las manos…estábamos perdiendo la visión, pero entonces llegó el taxi. Después de varios minutos en el taxi, patinó y… nos salimos de la calzada, y sin parar de derrapar el taxi empezó a dar vueltas de campana. El taxista no nos dejaba de decir que nos tranquilizáramos, pero en esa situación en la que todo daba vueltas era algo imposible. Tras seis largos segundos un inmenso pino paró el taxi. Mi compañero y yo conseguimos salir del siniestrado taxi, estábamos completamente asustados ya que el taxista no respondía, decidimos caminar, pero nos paso algo terrible… continuará.